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Cuando el influyente periódico estadounidense The Washington Post publicó en días pasados la transcripción completa de la conversación que sostuvieron los presidentes Donald Trump y Enrique Peña Nieto, se reveló mucho más de todo lo que se dijeron los mandatarios por teléfono hace 6 meses.

Más allá de analizar si una charla de Estado debe mantenerse bajo reserva o no, de quién pudo haberla filtrado o con qué fin específico lo hizo, las líneas difundidas muestran nítidamente el nivel de crispación y polarización prevaleciente en México lo que –motivos aparte- no hace sino perjudicarnos a nosotros mismos, porque la obsesión por asumir que por culpa de nuestro gobierno somos lo peor sobre la faz de la Tierra, nos impide un análisis más objetivo y propositivo.

No pretendo que todos estemos de acuerdo (eso no sería posible y tampoco nos sería útil) pero es patético que cada quien lea e interprete lo que le plazca, siempre y cuando justifique rabiosos ataques a un Presidente que ya tiene abiertos severos frentes de crítica, que parece ser lo único que importa.

¡Que se joda Peña! No importa si otros mandatarios del mundo hayan padecido y hayan incluso reaccionado a la esquizofrénica actitud de un loco que tiene a su propio gobierno enredado en un verdadero caos. Tampoco es importante que la propia prensa norteamericana reconozca alguna virtud del mexicano.

Eso no importa. En México la crítica justifica que Trump sea un payaso ignorante….hasta que habla con Peña Nieto y entonces éste último asume aquel papel.

Porque quienes señalaron a Trump como irrespetuoso patán, ahora simplemente interpretan que apabulló al presidente mexicano hablándole de tú y por su nombre de pila, mientras que nuestro Jefe de Estado se “sometía” manteniendo el trato de “señor Presidente” a su interlocutor.

Porque un comentario desproporcionado sobre los “bad hombres” y una clara provocación en torno a las inocultables fallas en nuestra estrategia de combate al crimen organizado, se convierte de pronto en una amenaza de invasión militar con la supuesta permisividad del villano Peña.

Porque le ponemos más atención a lo dicho por un gringo neófito, agresivo, narcisista e ignorante que a ponderar la actitud más bien cuidadosa (política) del impopular mandatario mexicano.

Porque con tal de mantener al presidente bajo fuego, simplemente hay que ignorar olímpicamente que Peña Nieto negó que México fuera a pagar por muro fronterizo.

No parece importante el dardo que recibió Trump cuando su colega mexicano le dijo con sorna que entendía las razones políticas por las que insistía en el tema del famoso muro.

¿Por qué pocos o nadie son capaces siquiera de mencionar que la transcripción confirmó lo que el gobierno mexicano estableció sobre este tema desde que se empezaron a filtrar supuestos fragmentos de la charla?

¿No es mezquino olvidar las reiteradas veces que Donald Trump y su gobierno han mentido descaradamente y así contextualizar mejor el análisis de estos hechos?

El mal humor social mexicano es explicable.  Lo que no lo es tiene que ver con nuestro sempiterno complejo de pueblo sujeto a la magnanimidad o a la estupidez de un solo hombre que nos gobierna, y en cuyas manos creemos que está casi todo nuestro destino.

Aunque la historia lo juzgará tanto por las acciones de su gobierno como por sus escándalos, Enrique Peña ya perdió.  Es el mandatario mexicano con menor nivel de aprobación en la historia y para muchos no es capaz de absolutamente nada.  

Señalarlo y crucificarlo para darle paso a las promesas de otro tipo que por sí sólo y por arte de magia hará que todo cambie en nuestro amado México por el sólo hecho de sentarse en la silla presidencial.

La lógica simple y perversa:  un hombre nos jodió. Otro nos salvará.

Buenos contra malos.  Pobres contra ricos. Legítimos contra espurios. Corruptos que roban para sí contra justicieros que roban supuestamente para fines sociales.

Mucho rencor. Mucha insidia.  Mucha polarización.  Así llegaremos al 2018.

*Periodista, comunicador y publirrelacionista

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