Foto: Forbes
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El virus de la demagogia y el populismo ataca no sólo a personajes como Andrés Manuel López Obrador, sino que lo encontramos, también, en organismos profesionales como la Coparmex a cuyos dirigentes se les hace oportuno recomendar un aumento del salario mínimo de casi 18 por ciento.

Esta recomendación empresarial no está basada en ningún análisis, sino en la simple conclusión de que “es de justicia social” que los trabajadores ganen más.

Con el tacto que lo caracteriza, Agustín Carstens, gobernador del Banco de México sólo dijo que habría que ser prudentes con los aumentos salariales para no impactar la inflación.

Uno esperaría que el gobernador del banco central les dijera a los de Coparmex
que no fueran burros haciendo esas propuestas.

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Desde luego, aumentar el salario mínimo de 80.04 a 95 pesos diarios suena bonito, “justo”, socialmente adecuado, etc. Pero no resiste el menor análisis serio y no hay una motivación lógica que lo justifique.

En primer término, habría que señalar que el salario mínimo no es el que reciben los trabajadores mexicanos; se calcula que apenas 8% de quienes trabajan reciben el salario mínimo y que esa remuneración se concentra en jornaleros agrícolas y en trabajos donde no se requiere otra preparación que no sea la de saber leer y escribir.

En segundo, aumentar los salarios sin aumentos proporcionales en la productividad es la mejor forma de aumentar la inflación.

Y las mediciones de productividad nos dicen, sencillamente, que somos el país menos productivo de la OCDE.

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Un análisis de la OCDE en 2013 dice:

1. La productividad en México es apenas de 60% del promedio de la OCDE.

2. En los últimos 20 años la productividad en México aumentó en promedio 0.7% anual contra un crecimiento de 1.7% en los países de la OCDE.

3. Entre 2000 y 2014 la productividad promedio anual de la economía mexicana se redujo 1.4 por ciento.

Es decir, en promedio, la economía mexicana es una economía poco productiva en la que los salarios son bajos, eso es verdad. Pero, también, es verdad que hay sectores altamente productivos donde los salarios son competitivos internacionalmente.

Subir los salarios mínimos empujaría el conjunto de los salarios de la economía y eso presionaría la tasa inflacionaria, que es la mayor injusticia social que puede sufrir un país.

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Fue la inflación de tres décadas impulsada por la demagogia de Luis Echeverría y José López Portillo la que hundió en la pobreza a la mayor parte de la población.

Aumentar los salarios sin equivalentes en la productividad es el mejor camino para que la inflación se desate; habría que recordar los efectos nocivos que tuvo aquel aumento salarial de 10,20,30 que, con la aprobación de los organismos empresariales, decretó José López Portillo en 1982.

Hasta el próximo martes y mientras, no deje de seguirme en mi página de FB, Perspectivas de Luis Enrique Mercado.

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