Temores latentes
Temores latentes

Temores latentes – Empezó a trotar lentamente sobre las puntas de los pies, aquella mañana sabatina en un espacio deportivo. La lesión en una de sus rodillas reclamaba un calentamiento previo. Poco a poco fue pisando con firmeza, apoyando las plantas de sus pies.

Dar una vuelta al circuito equivalía a un par de kilómetros, así que en la segunda había tomado cierto ritmo. Pronto fue soportando la inicial incomodidad de una rodillera colocada para mitigar los eventuales dolores en la articulación.

En cierto momento, al abrir los brazos para jalar más aire a los pulmones, por boca y nariz, levantó más la cara, a la lejanía alcanzó a ver el inicio del trote de un exalumno.

Era un joven que había sido suspendido de las clases en varias ocasiones, por un comportamiento rebelde, pese a las reiteradas oportunidades otorgadas y a las frecuentes comparecencias en la dirección de la escuela, finalmente decidió desertar de manera definitiva.

De nada valieron los consejos del director, quien le insistía en la adquisición del concepto de autoridad, de acatar los reglamentos de la escuela para establecer una disciplina sana, que permitiera la convivencia y la relación escolar de manera equilibrada. Su concepción estaba ausente en ese estudiante. Con no pocos esfuerzos lograba aceptar la influencia de algunos de sus maestros.

Habían pasado tres años de aquella desafortunada historia, el maestro la recordaba mientras seguía en su ejercicio. Pudo percibir que el joven acortaba la distancia hacia él y abrió más la zancada. Una ligera angustia empezó a invadirle y, fue creciendo conforme la distancia disminuía.

Qué irónica situación. A menor trecho, mayor ansiedad… al paso de los segundos adquirió la convicción de que el muchacho pretendía darle alcance, para reclamar los hechos pasados. La juventud se impuso… El joven se aproximó y la emoción llegó al máximo, pero el temor evidente del profesor desapareció al escuchar un alegre grito: “Maestro, espéreme por favor”.

Detuvieron la carrera y se saludaron con regocijo. “Uf, qué difícil emparejarle, maestro”. ¿Cómo has estado?, dijo el mentor. -“Muy bien. Me fui a trabajar a un municipio del sur del estado. Quiero platicarle precisamente de allá. Están muy bien organizados. Es un lugar pequeño pero las personas son muy atentas, hospitalarias, serviciales. Nadie deja basura por las calles y las autoridades están siempre al pendiente de la población. No hay riñas ni delincuencia.

Tenía usted razón, uno debe adquirir disciplina y ser respetuoso, para poder ser atendido y respetado por los demás. Ahora entiendo lo que ustedes querían enseñarme en la escuela”.

¿Por qué las personas tardan en darse cuenta de las buenas intenciones de los mayores, padres o educadores? ¿Por qué es tan diverso e impredecible el ritmo de la adquisición de la madurez en una persona? ¿Cómo y dónde encontrar formas de convivencia escolar más efectivas e inmediatas para educar?

Grandes retos tiene la pedagogía en cada generación de adolescentes.

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